A comienzo del siglo XX el modelo femenino en la Argentina estaba cambiando.
Las mujeres, aún aquellas que tenían su ámbito de desarrollo en el seno del
hogar, aprendieron de los hombres y de las noticias que les llegaban desde
Europa y Estados Unidos, que ellas también tenían derechos.
Para la legislación de esos años las mujeres no tenían presencia cívica,
dependían de su padre y, de ser casadas, de su esposo.
A partir de 1919 varios diputados comenzaron a presentar proyectos de
ley para instaurar el voto femenino obligatorio. Pero ellos chocaban
constantemente contra los mismos prejuicios, que colocaban a la mujer en una
situación de reiterada duda con respecto a su capacidad y madurez para hacer
uso de ese derecho.
En 1927, en la provincia de San Juan, el entonces gobernador Federico
Cantoni sancionó una nueva Carta Orgánica para la provincia que, entre otras
novedades, extendía el voto a las mujeres.
Según el nuevo texto, las mujeres no sólo tenían derecho a votar sino
también a ser elegidas para desempeñar cargos públicos. En abril de 1928 ellas
tuvieron ocasión de estrenar sus libretas cívicas y dieron una sorpresa: votó
el 97 por ciento de las inscriptas, frente al 90 por ciento de los varones.
Además, una mujer -Emilia Collado- fue elegida intendenta de Calingasta, y otra
-Ema Acosta- diputada.
Pero en diciembre de ese año el gobernador Cantón fue depuesto, la Ley
fue derogada y las mujeres eliminadas del padrón electoral.
En 1945, desde la Secretaria de Trabajo y Previsión, el entonces coronel
Juan Domingo Perón inauguró una política específica dirigida a las mujeres. En
ese ámbito creó la División de Trabajo y Asistencia a la Mujer. Se reflotó la
cuestión del sufragio femenino. El 26 de julio de 1945, en un acto celebrado en
el Congreso, Perón hizo explícito su apoyo a la iniciativa. Se formó entonces
la Comisión Pro Sufragio Femenino.
En 1946 Eva Duarte de Perón pasó a presidir esa Comisión, y comenzó a
presionar para que se sancionara la ley. Para alcanzar el objetivo emprendió
una campaña incesante con los legisladores, con las delegaciones que la
visitaban, con las mujeres agrupadas en los centros cívicos, a través de la
radio y de la prensa. El mensaje de Evita iba dirigido a todo el universo
femenino, y las mujeres lo hicieron suyo y pasaron a desempeñar un papel
activo.
Se realizaron mítines, se publicaron manifiestos y grupos de obreras
salieron a las calles a pegar carteles reclamando la aprobación de la ley.
Centros e instituciones femeninas emitieron declaraciones de adhesión. Evita
fue reconocida por las mujeres como su
portavoz natural.
El 9 de septiembre de 1947, con los palcos del Congreso repletos de
mujeres, se logró la sanción de la Ley
Nº 13.010, que se promulgó el 23 de septiembre del mismo año. El 11 de
noviembre de 1951, las mujeres argentinas emitimos por primera vez nuestro
voto. En esa ocasión votaron 3.816.654 mujeres.
El 63,9 por ciento lo hizo por el Partido Peronista, el 30,8 por ciento
por la Unión Cívica Radical. A su vez, el Partido Peronista fue el único de
ambos que llevó mujeres en sus listas. En 1952 asumieron sus bancas 23
diputadas y seis senadoras.
El voto femenino es la norma que nos iguala como ciudadanas de las
sociedades que integramos, y ello gracias a la ardua lucha de nuestras
antecesoras, que bregaron afanosamente en la búsqueda de esa igualdad de
oportunidades para hombres y mujeres.
Ellas, las feministas, fueron sin duda mujeres que desafiaron su tiempo,
y se convirtieron en los primeros peldaños de una lucha que luego continuaron
otras, y que hoy tenemos la obligación de sostener y acrecentar nosotras.
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